jueves, 29 de octubre de 2015

.llueve.


Está lloviendo en la ciudad.
Está lloviendo y alzo mi mirada renegando un poco por los arreglos que nunca le hicimos al techo.
No sé que está más roto hoy, si el techo o el corazón.
Desde que te fuiste ha llovido un par de veces, pero hoy es el primer día de lluvia en el que tomo consciencia y toco el piso con las cuatro patas que mi sombra tiene.
Hoy decidí quedarme pero necesite escribir esto para poder arrancar.
Hoy decidí quedarme en plena mitad de semana en esta casa, a la que tú me trajiste y en la que tú me dejaste.
El gato llegó a la madrugada a dormir en los pies de la cama, creo que te sigue buscando para dormir con vos, ya se acostumbrará su cuerpo, luego se acostumbrará su olfato.
Y de madrugada no supe bien qué me despertó: el gato o la fiebre que aumentaba.
Tuve que abrir un poco la ventana para mediar un poco el calor que me subía.
Luego me quedé dormida sin atender más al termómetro porque no supe diferenciar si la fiebre es porque mi organismo lucha contra una extraña presencia de mocos que no deviene en gripe o porque mi cuerpo se resiste a la estúpida idea de dormir sin vos.
¡Vaya una a saber!
El gato llegó aporreado. Tiene un par de piñas en la cara.
Me dio tanta pena que le dí una cucharada entera de dulce de leche que se devoró entre mimos y ternura.
Mientras le acariciaba las heridas pensaba en eso: cuando uno está aporreado es cuando más necesita de un abrazo.
Está lloviendo en la ciudad.
Hay goteras todavía y un montón de asuntos prácticos por resolver.
Preparar un viaje, cuentas por pagar, laburar más y rendir finales en la facultad.
Yo ando con una tos de sudestada que me agarró al otro lado del Río de La Plata, ése cúmulo de historias que van saliendo en forma de mocos, vos tenés la rodilla hecha pelota condenado a lo que más te vuelve loco: la quietud, y el gato se cagó a piñas con otros gatos en el vecindario.
Si no aprendemos algo de todo esto lo habremos convertido en el mayor desperdicio.
Y está lloviendo en la ciudad.
Avanza la derecha en el país y avanzan los pelotudos que siguen convencidos de que la revolución se hace desde el iphone. El globo en las semis de la sudamericana (¿?).
No se entiende nada, ¡no se diga más!.
Y yo cuento las goteras extrañando mucho que no estés está tarde de lluvia en casa, simplemente para merendar.

Llueve, y el techo aguanta como puede. 

lunes, 14 de julio de 2014

.Apuntes de final.


Qué difícil me está resultando ahora concentrarme y estudiar, y es que se me cuelan las preguntas de amores fallidos por entre la tinta y el papel. Debajo de cada montaña de textos que muevo de un lugar a otro me encuentro con tu rostro ¡qué cosa! Recurro entonces a los libros escapando de ésa mirada tuya que habita en hojas de fotocopias, pero los libros no me dan tregua y me devuelven el calor de tu aliento que se acerca a  mi boca reclamando un beso, todos y cada uno de los mates que tomo tienen el sabor de tu cuerpo. Así que como me andas persiguiendo sin saberlo y yo me como la cabeza llenándola de preguntas, respuestas y conclusiones es que decidí parar de escribir tanta mentira para escribir esto, la purita verdad. Entre tanta letra no paro de preguntarme ¿por qué sólo hay puntos en donde tendría que haber comas en nuestra historia? Entre tanto libro delicioso prendo velas e inciensos a ver si por esas cosas descarriadas de la vida se levanta de su tumba el mismísimo Lévi-Strauss y se sienta en mi mesa y me resuelve tanta duda. 

Creo que no será una buena idea responder en el final que la verdad en medio de tanta mentira es la que habita en tus ojos y en mis miedos y que la eterna pelea entre las ciencias formales y las ciencias fácticas se va a terminar cuando en vez de hacer tanta ciencia nos dediquemos todas las personas a hacer más el amor. Y tuve que parar a esto, escribir lo más sensato en medio de tanta teoría dizque comprobada, tanta falacia en la vidriera ya no me agobia, total, conocí verdades hermosas, verdades de verdad mientras en detalle me dediqué a etnografiar cada pliegue de tu piel. Y que pasas poco a poco a habitarme en el lugar donde son compañeros de piso los olvidos y las aceptaciones, recuerdo la frase que leímos juntos llenos de sonrisas y olor a açaí 'o presente é um momento infinitamente curto', y en honor a la verdad debo decir que echo de menos esos instantes de presente contigo, pero como todo, indefectiblemente vas quedando en los apuntes de materias que ya cursé.

viernes, 2 de mayo de 2014

.Vasito de yogur.


Hoy te lloré otra vez, y ya lo ves,
que curioso que es.
Que aunque no puedo evitar pensarte
hace mucho que dejé de llorarte.

Pero hoy, justito hoy te lloré otra vez
y si bien entretuve a las lágrimas todo el día
entre películas, música, culinaria y mimos felinos
sólo bastó que se rompiera aquél viejo vasito de yogur,
y entonces las esquirlas de vidrio se incrustaron en mi alma
y como dique que se rompe, estallaron tantas lágrimas.

Pensé en llamarte, mejor en escribirte.
No.
Recurrir al estoicismo iba a ser lo conveniente
y entre tanto abanico de estúpidas opciones
comprendí que ahí estaba el fondo de la cuestión.
Tanta confusión, tanto gris,
tanta ambivalencia, tanta ambigüedad,
tan poca gallardía.
Y te lloré más, mucho más.

'¿Pero y yo, ahora qué hago?'
Se preguntó mi hermano alguna vez en la que le rompieron el corazón.
Y me pregunté lo mismo con los remiendos que tengo en el mío.
¡Me respondí al instante!
'Harás dos cosas mujer: la primera, servirte una copa de vino;
la segunda; decidir, lo que sea pero decidir, nunca quedarte quieta'.
Así que decidí tres cosas, la primera fue llenar la copa,
la segunda fue tomar el vino y a la tercera no llegué
porque inevitablemente antes de tomarla, te lloré.

Y mientras juntaba los pedacitos de vidrio hice un rápido recorrido por los recovecos de mi memoria,
consciente de correr el riesgo de trastabillar en alguna vereda de tu cuerpo encantador y volver a enamorarme.
En un año pasan tantas cosas como conversaciones posibles en torno a una botella de vino,
o guardar quien sabe para qué un intrascendente y vacío vaso de yogur.

'¿Pero y yo qué hago?' me pregunté a mi misma.
Mi misma me respondió que qué le iba a hacer.
Y ella tuvo razón.

¿Cómo no enamorarme de vos si me hiciste reír todo el tiempo?

¿Cómo no enamorarme de ti con el tamaño de tu mirada y lo jugado de tus besos?

¿Cómo no llorarte, hombre bello, si entre vinos y mi atmósfera embadurnada de vos, te estoy diciendo adiós?

Y hoy te lloré otra vez,
hoy te volví a llorar,
y comprendí que por mucho que te ame
es mejor gritar un mocoso y lagrimoso: '¡no me busques más!'

¡La puta que lo parió!

¡A vos y a ése puto viejo vasito de yogur!



martes, 11 de marzo de 2014

Me Rindo


Sucumbir.

Al precipicio de tu cuerpo,

al nido de tus ojos negros.

Tu boca que me libra de las sombras

y tu ombligo,

tu ensordecedor ombligo.

Ése lunar,

que me mira y me susurra en el oído.

y ése lunar.

Que es mi principio,

y mi final.


A.

domingo, 16 de febrero de 2014

Apuestas


- El otro día le quise regalar algo

- ¿Y qué elegiste?

- Un CD, y cuando se lo fui a comprar en la tienda de discos pensé en comprar dos del mismo

-¿Por qué?

- Porque en el fondo yo sabía que nos íbamos a separar, lo intuí

- ¿Y qué hiciste?

- Decidí apostar y compré sólo uno, el de él

- ¿Se lo diste?

- Si, la misma noche en la que nos separamos

- Y bueno, nunca nadie ganó las apuestas que se le juegan a la intuición, al final, siempre las termina ganando ella.


jueves, 30 de enero de 2014

de la vida y el mar

ph. AVR
La última vez que pude mirar atenta el mar fue hace dos semanas, el océano y su enormidad que permite navegar en una misma. Me gusta entregarme al viento oceánico y dejar que revolee y enrede mi cabello, tirarme en la playa y escuchar lo que acontece en ella. Luego ver como van y vuelven las millones de gotas de agua que reunidas se convierten en tal inmensidad. Me pregunto siempre ¿Porqué la gente no se detiene un poco? ¿Porqué no se dan cuenta que la vida es como el mar? ¿Porqué cuesta tanto aceptar que algunas veces lo que queremos no es lo que necesitamos? Justamente todo lo que vive en éste planeta ha emergido de las profundidades marinas, y si efectivamente se le debiera rendir tributo a un dios creador sería uno que no está en ningún cielo ni en ningún templo, mucho menos en algún libro, ahí está y es como el útero, es el océano.

Hemos crecido en sociedades construidas sobre sistemas de creencias que entienden a la vida como una cosa, un elemento tangible que es estático y se hace creer que es de un modo y no puede ser de otro, el eterno miedo al cambio, el profundo temor a lo diferente y al movimiento, ésa milenaria necesidad de dominar lo que es extraño, la terquedad de querer cambiar las reglas de juego a nuestro antojo. La vida es como el mar, va, viene, y nunca de la misma forma. Acaso, ¿tiene márgenes el mar? ¿Quien dice que el océano tiene una forma? ¿La cartografía? Eso es tan invasivo y autoritario como que mis trompas lleven el apellido de un tal Falopio que ni conozco. La vida es elástica, se mueve todo el tiempo, como el mar, el centro de la Tierra, las nubes y el viento, y si ésa es la naturaleza de todo lo que nos rodea, ¿es necesario aquel mandato racional que nos hace creer que la vida tiene que ser el cumplimiento de pasos y reglas?

Yo he cambiado de opinión incontable número de veces, me he enamorado decenas y desenamorado también, he cambiado de país, casa, oficio y de profesión, he llorado y he reído por un mismo motivo, he aprendido a amar por igual a un animal que a un ser humano, he amado con pasión y he bailado, he tenido orgasmos y he besado. He vivido en pareja y me he separado. He mentido y me he equivocado. Me he tatuado y he aprendido a seguir fielmente mi instinto. He creído y descreído, he orado y he puteado, he viajado y he buceado;  y he acertado y he errado. He elegido y deselegido. He abrazado y rechazado abrazos, he dicho hola y he dicho adiós, me han buscado y me han dejado, he celebrado nacimientos y he enterrado a mis muertos, he elegido no parir aún, he entregado mi cuerpo con pasión y con pasión he recibido el que me han brindado…

Así, como el mar es la vida misma,  va y viene, lleva y trae, se renueva su contenido con cada ola que llega a la orilla, el mar devuelve lo que quiere y absorbe lo que allí llega. Y es que si hay un lugar en el que evidentemente nada se desperdicia es justamente ahí, en el mar todo cobra vida, tiene ésa maravillosa posibilidad que comparte con la tierra que es transformar todo en alga y en abono. Entonces, ¿porque seguir creyendo que la vida tiene una sola estructura si se puede cambiar todo el tiempo? 

Acaso, ¿quien ha visto que se repita la forma de una ola?...



miércoles, 24 de julio de 2013

Bienvenida


ella: ¿eres feliz?

...se posó un silencio sobre la desnudez de ambos...

él: creo que me entretengo mucho buscando la felicidad.

... se miraron los dos con la incertidumbre e intuición de que ahora que se tenían, mucho más no tenían para buscar...

ella: Claro, como quien persigue mariposas...

él: ¿por qué?

ella: por que la felicidad es como la mariposa, entre más la persigas ella más se aleja. Pero si te quedas quieto, eres cuidadoso y la contemplas ella sola vendrá hacia vos y se posará en tu hombro... y se meterá en tu cama, y en tu alma...

él: ¡Bienvenida!

viernes, 8 de febrero de 2013

rotura de miocardio



Salieron durante cinco meses. Cuando los nombró mientras hacía un resumen de su historia y su dolor aclaró que si bien cinco meses no era mucho igual había sido una historia fuerte, de esas que se te incrustan en el alma y en los zapatos como piedra.

Esas aclaraciones están de más –le dije- no es cuestión de cantidad, eso es una ficción. ¿Vos sabes cuantas personas se pasan la vida mirando unos ojos que jamás han prendido llamas en sus entrañas? ¿Vos sabes cuantas mujeres y hombres se han pasado la vida tristes por no sentir eso que se siente cuando el cuerpo, la cabeza, las ganas y el corazón te conducen dictatorialmente hacia el mismo ombligo?

Su mirada de mujer se posó firmemente en la mía y la mía en la de ella. Yo no entendía cómo me convertía en depositaria de su confianza y a través de sus labios y mis oídos se conectaron las almas y se prendió el foco de la complicidad.

Hacía un mes que habían cortado, cortó él en realidad. Cuando ella indagó por el estado de mi vida en cuanto al tema relacional con el género opuesto, en realidad no quería preguntar, en realidad quería que le preguntaran. Ella tenía el corazón en pedazos y necesitaba contarlo a ver si entre las palabras los iba rescatando para poder pegarlos nuevamente.


Y me cortó por teléfono -me dijo-, y se hizo un silencio en el salón. Me quise sentar y me convidó a su lado.

Eso no se hace mujer -le dije-, ella volvió a posar sus ojos en los míos diciendo mucho más de lo que su voz decía, bajó la mirada sin pronunciar palabra, volvió a sentir lo que sintió aquel día cuando después de sus silencios y sus excusas sin una aparente razón, él se silenció.

Si, ya lo sé -me respondió- eso fue lo que más me dolió. ¿Vos sabes la cantidad de veces que lo busqué durante un mes para que me dijera qué le estaba pasando? … de pronto un día se quedó callado y no pasó que yo no quisiera hablar, siempre estuve ahí para que me diga. No se qué fue lo que pasó.


Su mirada gacha y su alma encogida. Apenas nos conocíamos y me dolió tanto su dolor. Yo pensaba en ésa extraña e injusta sensación abandónica que siempre en algún momento hemos sentido las mujeres. Pensé mucho en ésa mala costumbre de muchos hombres que consiste en asumir y dar por sentado sin siquiera pronunciar palabra 'las mujeres necesitamos hablar, los hombres elijen callar'; siempre decía eso cuando en mi adolescencia empecé a probar las mieles de mentes y cuerpos masculinos. Ella estaba triste, todo el mundo en su trabajo lo sabía y casi no le hablaban, y no por que no quisieran, sino, por que sabían que ella estaba viviendo un luto. Tuve muchas ganas de abrazarla y llorar con ella en su silencio, tuve muchas ganas de decirle cosas lindas que quizá le levantaran en ánimo. Pero no hay tiempo peor perdido. Ella llevaba muchas semanas esperando unas palabras que aunque se las dijera su mismísimo dios, si no venían de aquél hombre no le iban a servir ni le iban a gustar.

Sólo atiné a decirle que por alguna extraña razón el corazón sana y se quiebra, y se sana y se vuelve a reparar y así… que el gran amor no es un único amor, que tenemos derecho y obligación de enamorarnos todo el tiempo y cuantas veces se nos venga en gana, que lo único que salva de semejante rotura al miocardio y a todo lo que éste nos hacer vivir y sentir, es el amor propio, nunca el ajeno. Y que al propio aunque en momentos grises y de tanta humedad una no lo vea, anda revoloteando por ahí, nos pertenece y en silencio viene nos acaricia y nos rescata sin siquiera darnos cuenta. La abracé, le agradecí la confianza y le dí mi número para que me llame cuando quiera, o no... 

domingo, 16 de diciembre de 2012

Objetos perdidos


La historia cuenta que una anciana mujer apareció un día en un pulguero de Madrid. Aquella mujer octogenaria heredera de las brujas y de la guerra aprendió durante  décadas lo que era el hambre y la miseria, y no estaba dispuesta a convivir una vez más con ellas. Se cuenta que había perdido todo el patrimonio que algún día tuvo y en la más solitaria vida apelaba a sus conocimientos milenarios para subsistir. Pero un día las necesidades apremiantes de éste mundo de consumo y el cansancio de sus años le impidieron continuar con el oficio y fue cuando apareció aquella tarde en el pulguero, llegó dispuesta a cambiar por comida o monedas el único objeto de valor –monetario y sentimental- que aún tenía, ése antiguo anillo simple y maravilloso que según cuenta la leyenda era herencia de su bisabuela. Se dice que la vieja mujer, en medio del dolor y la indignación lo entregó como última alternativa, se sabe que lo dio con rabia y resignación, nunca lo dejó ir, nunca con amor.
 
ph. H. Raubenheimer
Bastantes años más adelante en el tiempo y hace como veinte a partir del día de la fecha, después de muchos andares, vericuetos y cruzadas de océano, aquél anillo brilló resplandeciente ante los ojos de una joven mujer que iba abriéndose paso en un cuerpo de niña. Un hombre lleno de secretos y misterios, adoptado en su gran familia le había traído de Europa aquel obsequio y el flamante anillo tomó posesión de su dedo anular izquierdo. La plateada pieza se convirtió en objeto de deseo, inspiración y misterio a lo largo de los años para muchas personas que con detalle le miraban la mano, lo hacían enfocando y con ojos chinos hasta la sorpresa de comprenderlo y ella, familiarizada durante años con la situación, erguida sacaba pecho y recordaba para su adentros la historia de la vieja madrileña, historia que nunca se supo con veracidad, pero bastaba con mirar ése anillo para comprender que fue verdad y ficción al mismo tiempo.

En dos ocasiones perdió ése anillo. A decir verdad en muchas ocasiones le pasó lo mismo, pero en dos particularmente lo perdió en serio. La primera de ellas fue una pérdida que duró más de seis meses y tuvo que vivir con la sensación amarga al recordar que no fue cuidadosa con su adorado anillo mientras ligeramente alicorada se sacaba las ropas con apuro y en la penumbra para encontrarse desnuda con algún amante de la noche, de pronto, y así como de la nada el dichoso anillo centenario de plata volvió a aparecer. La segunda vez lo perdió por año y medio y después de intensas y minuciosas búsquedas infructuosas llegó a una conclusión: ‘se lo comió el perro’. Hasta que un día y así como el mago saca al conejo del sombrero apareció resplandeciente y fue a tomar digna posesión de su dedo, ante el increíble acontecimiento le pidió disculpas al perro por haberlo hecho responsable durante año y medio pero ante tal misterio concluyó que únicamente había podido ser obra de los duendes, ésos inquietos personajes de verdad y de mentiras que se la pasan escondiendo cosas y riéndose de una en los rincones.

El anillo, ése querido anillo de plata antigua que tenía el más hermoso trabajo manual que pudiera tener cualquier anillo. El torso desnudo de la mujer y posadas sobre éste estaban las manos del hombre que la besaba, en esas narices perfectas se podía sentir incluso la sensualidad con la que se respiraban, el pelo de ella suelto, largo, ondulado y entregado al viento; sus pechos, intactos e impolutos entregados al deseo. La espalda de él y su turgencia, ésa postura maravillosa que permite a la mujer danzar en lo ancho y fuerte de un abrazo, y ése beso, ése beso… era todo ése beso.

Pasó horas, días y años observándose su dedo anular izquierdo. Y es que nunca logró entender de dónde provenía tanta pasión, tanto talento. Se pasó horas imaginando al orfebre en un invierno europeo, recreó miles de historias de las pasiones escondidas de aquél tiempo. Se preguntaba si todas las mujeres portadoras del anillo que a lo largo de siglo y medio habrían sentido la misma curiosidad y admiración que en ella despertaba. Empezó a entender la rabia de la vieja anciana y a imaginarse mil veces cómo habría sido para ella y su linaje lucirlo durante tanto tiempo.

El anillo embelese, atrapa y enceguece. Como las pasiones y pociones. Ella nunca estuvo dispuesta a soltarlo y aunque muchas personas en muchas ocasiones estuvieron dispuestas a pagarle por la pieza cualquier exorbitante cantidad de dinero, ése anillo, en realidad, nunca tuvo precio.

La noche en que lo perdió para siempre recordó ése precepto, lo hizo mientras uno de los hombres que la asaltó la miró con ojos grandes y brillantes en medio de la oscuridad y le exigió el anillo con intenciones que parecían las de arrancarle la mano. Ésa noche aquella mujer, su mejor amiga y otro querido amigo entregaron todo lo material que tenían. Se llevaron todo, y también, el centenario anillo. Al día siguiente se levantó con el rastro de unos buenos whiskys en la cabeza y la reflexión de que las cosas simplemente pasan y se observó con detenimiento –como tantas veces lo hizo- su dedo anular izquierdo, se sintió incomoda ante la desnudez de su mano, fue casi la misma sensación que experimentó alguna vez estando ligera de ropas en medio de una playa musulmana. Comprendió que durante quince años estuvieron juntos la piel morena de mujer y el metal noble del anillo. Le agradeció las décadas de compañía, le hizo el duelo. Lo dejó ir…

Ya consumada la perdida que fue definitiva descubrió la carga que aquel anillo tenía. Ahora le pasaban las horas imaginando lo que sería el camino de aquella pieza de plata compañera. Así, descubrió la piel de su anular izquierdo y la encontró mucho más sensual que la desnudez de los personajes de plata,  descubrió sin proponérselo el terrible peso que se sacó de encima, y eso que sentía era seguramente la misma levedad que había sentido aquella vieja madrileña quien a lo que más se aferró, eso último que soltó, habría sido sin duda, lo que finalmente la liberó.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Princesa Mutante


Estudió en ‘uno de los mejores colegios’ uno de esos en los que se estudia con otras señoritas y madres superioras. Le proyectaron y organizaron el camino para que fuera una maquinita familiar proveedora de orgullo para su apellido en un mundito social en el que se vive del qué dirán. Jamás tuvo permiso para pasar la noche en la casa de alguna amiguita, por que ¡válgame Dios! lo que esas muchachitas –que gritaban, saltaban y se ensuciaban- le fueran a enseñar y solamente pudo saber lo que era usar un jean gracias a la intermediación de mujeres de su familia quienes apabulladas por la mirada triste y cohibida de la pobre niña hablaron con su abuela, gran reina madre de aquellas que aun sobreviven y se aprendieron a la perfección el manual del nunca quejarse y siempre sonreír con los tacos altos que tallan en los pies.

Todo funcionaba para que no supiera lo que era el hambre y el hartazgo, el empalago de las golosinas, dormir hasta tarde, oler a sol, reír mucho o llorar por nada. La vida sin ningún atisbo de emoción, en su enorme mansión de pisos de mármol brillante solo se podía escuchar el ruido de la vieja radio de su abuela, en la que aquella mujer pasaba las tardes añorando un mundo que nunca tuvo rodeada de vals y té a las 5 de la tarde.

La pobre niña rica que ya se empezaba a ser mujer veía en silencio y muerta del miedo como sus tímidos pezones de la niñez empezaban a tomar forma y parecía que tenían vida propia, mañana a mañana su cuerpo y su cadera se transformaban sin ninguna explicación. Empezó a aburrirse con su soledad, sus muñecas y las montañas de juguetes traídos del exterior. Y le parecía que los niños, si si, los varones, esos especimenes prohibidos dentro de su educación le empezaban a despertar curiosidad, sentía como se posaban las miradas de ésos sujetitos en toda ella cuando iba con su abuela a comprar el pan y ellos detenían la pelota, el futbol y el incipiente sudor con olor a adolescencia, para verla y contemplarla, era hermosa. Miedosa y tímida, pero hermosa.

La rebeldía un día tocó la puerta de la prestante familia y la princesa así sin más, se escapó. O eso quiso. Creyó con sus muy pocos años que podía vivir sola por ahí en la selva de cemento. En su mente entendía que si había niños y niñas como ella trabajando en la calle era algo normal. Así que una tarde supo salir antes del colegio y por primera vez en su vida supo lo que era estar sola en la calle. No se sabe si volvió sola o la encontraron, pero durante esas horas le pareció que el mundo no era fácil, que no todo brillaba y que no toda la gente era linda. Su abuela además de estar al borde de la muerte acababa de sufrir una de las peores ofensas ¡qué iría a decir la gente! exclamaba. Su nieta, la princesita del mundo de cristal ahora le parecía sucia y no por que lo fuera, sino, por que tenía ganas de ser libre, así nomás.

Se acercaba ‘la peor época’ –decía la octogenaria señora- puesto que la niña pronto menstruaría y tal mancha sumada a las ganas de volar se volvería incontrolable. Lo mejor era quitarse el problema de encima. La enviarían a un internado, lejos, con monjas, curas, crucifijos, pecados eternos y culpas insoslayables. Pero la princesa igual se escaparía, la niña y la abuela lo sabían. Al poco tiempo la embarcaron en un avión con rumbo a otro reino. La niña que nunca tuvo amigas ahora era de las más sociables de una escuela pública con gentes de todas razas, sexos, religiones y colores. Aprendió a hablar otra lengua y por primera vez en su vida se sintió libre, pues paradójicamente en Estados Unidos -la cárcel de consumo más grande de la historia- es un lugar donde casi todo el mundo suele sentirse libre, debe ser también por que saben que allá es bastante fácil perder la libertad.

No había cumplido un año como mujer fértil y ya había tenido un aborto, nadie le explicó en lo que consistía ‘perder la virginidad’. Entendió que el castillo no iba con ella y que dejar de ser la princesa del cuento también era una opción, no hubo caballero montado en caballo blanco, ni corte, ni cetro, ni coronación. La vida casi sin darse cuenta empezó a pasar y ella sumida en un abismo de inexperiencia le empezó a poner el pecho y el corazón. Se enamoró perdidamente de un hombre que nunca pero nunca hubiera aceptado la reina madre, un rudo caballero montando una ruidosa moto y proveedor de sexo, drogas y rock and roll. La vida porfin parecía tener sentido y se tatuó su nombre en el cuerpo y le dio tres hijos y fueron felices hasta que las perdices se acabaron en la góndola del supermercado y el elegante caballero de pelo largo le dijo que por exceso de perdices la veía gorda y prefería irse en su moto a refugiarse en la esbeltez de otra.

A la princesa mutante, se le rompió íntegro el corazón.

Ahora debía enfrentar la vida sola, con tres hijos, sus tatuajes de amor y el profundo complejo que aquél desalmado hombre le dejó cada vez que ella se miraba en el espejo. Añoraba mientras lloraba -y veía su vida desgraciada como ama de casa, gorda y abandonada- aquellas tardes en el reino, cruzando la plaza para ir por el pan, los libidinosos ojos de los niños y el calor de miedo que ella sentía entre las miradas y el andar. Pensó en que probablemente alguno de ellos sería un gran médico, abogado o ingeniero; se preguntó como habría sido su suerte si hubiera elegido no ser rebelde. Las noches, la depresión, el scotch on the rocks le mostraron que al final todo sería igual y que seguiría recluida en el gran castillo sintiendo exactamente lo mismo que en ése momento estaba sintiendo. 

Una noche decidió pues quitarse la vida, no soportó más seguir siendo la triste princesa enamorada y herida. Estaba en el baño y justo antes de llevar a cabo su tomada decisión su hijo menor se despertó y la llamó desde su cuna pidiendo el biberón.

Después de ése momento la vida se le convirtió en la peor muerte lenta, maldijo a los curas, las monjas y a su abuela por haberle enseñado lo que era la culpa y tener que vivir con ella. Le pidió perdón en silencio a sus tres criaturas por estar a punto de dejarlos sin madre, tal como a ella le ocurrió.

Una mañana pensó en la estrategia para tener a ése hombre de vuelta montado en su viril motocicleta. Tomó apurada su cartera, las llaves de auto y se fue a ver al doctor. Casi como un relámpago pasaron los días y apareció ella, llena de vendas en el cuerpo, estrenando brazos, abdomen, piernas, tetas y creía que hasta el corazón. Cuando pasaron los moretones en el cuerpo fue a buscar al hombre que mucha atención no le prestó y ella, con los moretones de su alma volvió a la vida cabizbaja. Ahora se la pasa por ahí, deambulando por las noches de fiesta en fiesta, montada en sus tacones, con amistades pasajeras, brindando por todas sus tristezas, buscando caridad en algunos besos y en las sombras un poco de amor ajeno, olvidando que el primer amor de una mujer debería ser el amor propio.

La mirada triste la gobierna y nada puede hacer el makeup. No entiende cómo es que el suyo no es un final de Disney, porqué nadie le dijo que la vida puede ser distinta. ¿Por que siempre el color rosa y los buenos modales?  ¿cómo es que Barbie no se divorcia y nunca engorda? La culpa, el perdón y la vergüenza. 

Ahora, la profundidad de su onda tristeza es la misma que sentía cuando sola, en silencio y por imposición, tenía que vestirse con color rosa, alejarse de los niños y jugar con sus muñecas.



sábado, 15 de septiembre de 2012

el calendario marcaba un 15...


...el calendario marcaba un 15 el día en que naciste…

Y te escribo casi todas las noches y te espero sentada en la misma silla durante todos los sueños, ninguna vida alcanzará para escribir tanto de vos. Y la adultez sigue caminando mi alma y mi cuerpo, haciendo mella en mi vida y en mi entendimiento. Pero esta noche –ya convertida en madrugada- con una amiga muy querida en medio del vino y de la cena el mundo se detuvo, y en medio de las risas y la charla ella fijamente me miró, y yo a su mirada que preguntaba le respondí -mañana es el aniversario de Maruja- y ella, hermosa, levantó su copa y rezó -bueno, ¡pues brindemos por la nona!- y el alma se me aguó y los ojos se comprimieron y con la copa levantada le dije -ella era, es, todo para mi-. Y sonaron las copas y bajó el vino por el cuerpo, las lágrimas en las sombras y unos segundos de silencio hicieron comunión. A mi el planeta, una vez más se me movió. Un año más Marujita, uno más sin vos. Siempre quiero sentirte tan cerquita, no puedo dejar de escuchar el eco tu voz… mirá como he soportado, mirá como he sobrevivido y todo lo que he aprendido. Sabes que a veces siento que no aguanto y que lo dejo todo y que solo quiero ir a mi encuentro con vos, gracias bella mujer por todo el linaje que me has legado; nunca he querido hacer cuentas de todo el tiempo que ha pasado. ¡Ay Maruja! Es que es tanto lo que yo te amo, no sabes cuanto te he extrañado y todo lo que yo a vos te he necesitado… pero que es que tu y yo sabemos que nadie me conoció mejor que vos y que nadie a vos te conoció mejor que yo. Gracias bella mujer por depositar en mi tanta historia, linda y mágica comunión. Gracias por lo feliz que siempre pero siempre he hiciste.

...y el calendario marcaba un 15 el día en que partiste.


martes, 10 de julio de 2012

ansias



Es que no sabes como me palpita el vientre cuando te recuerdo.

Te imagino y los vapores del más delicioso infierno suben por mi cuerpo.

No logro concentrarme y sólo pienso en los encantos que deben esconderse debajo de tus ropas, detrás de tus pupilas, dentro de tu boca y en lo espeso de tu alma.

Puedo pasar horas del día pensando en tu alado aliento.

Y tú sin saberlo
me andas dominando las ganas,
emborrachando mi voluntad.

Mis más profundos deseos emergen
como pelotón ansioso y torpe a tu encuentro
encuentro que no llega,
encuentro que se reduce al imaginario
del cómo seria aquel momento.

Y tu, sin siquiera haberte perdido en el olor de mi piel,
te estas convirtiendo en el sueño que desordena mis sábanas.

Y tú, en tu mundo y sin conocer mi mirada,
no imaginas las ganas
que en mi cuerpo se revuelcan con pensarte.

¡Ay!

Es que no tienes la más mínima idea de cómo me palpita el cuerpo cuando enredado en el te veo.




lunes, 11 de junio de 2012

sensualidad


Cuanto miedo le tienen tantas mujeres a la sensualidad. Esas paradojas de ésta cultura patriarcal que buscar adoctrinarnos –bajo la consigna de los valores y la educación- hasta hacer que caigamos casi sistemáticamente en el pobre reducto del estereotipo.

Ahora muchas de nosotras no saben de qué se trata la sensualidad y de qué, la sexualidad, no lo saben por que no se han arriesgado a la maravilla de conocerse. El sexo express, la desnudez mediática y la vapulación del cuerpo son moneda corriente. A muchas mujeres hoy por hoy se les hace de lo más natural y obvio someterse o conocer de un implante de silicona, pero, una mirada sensual se configura para ellas como algo incomprensible e imperdonable. Mujeres a las que les cuesta mucho asimilar la naturaleza de la sensualidad, que temen profundamente ser tildadas de sensuales, por que le temen a los burdos y equivocados calificativos y sinónimos que ambos géneros le han otorgado en los últimos tiempos a la maravillosa e inherente sensualidad. Al mismo tiempo mujeres que se saben sensuales pero que confunden a la sensualidad con la urgencia de mostrar y que critican una mirada pero no han resistido el placer de auto fotografiarse y de esa forma irse descubriendo –aunque erróneamente- como mujeres sensuales que son.

Lo paradójico y complejo de la naturalización del sexismo aparece cuando no toleran algo naturalmente sensual e instintivo, pero al mismo tiempo posan despiadadamente ante el lente de su cámara, en las típicas poses que andan pululando por el ciber espacio. Ésas imágenes inundadas de poses fingidas, de poses fabricadas, ésas que reproducen lo que ven en la televisión y en los programas de farándula; caen rendidas ante la exposición del que para ellas es su mejor perfil.

Entonces, mujer, no te escandalices con los labios rojos de una congénere, no te hundas en un tsunami de criticas ante la bella mirada por encima de un hombro que haga otra mujer, por que de esas cosas, de ésas simples y diminutas manifestaciones de las que vos mujer te escandalizas, está hecho el mundo. Deja de mírate en el espejo, mejor ve y reconoce tu sensualidad, luego sal al mundo y empieza a reconocerla en las otras mujeres, veras como sin necesidad de caer rendidas ante el ridículo de la aceptación social y ciber social, somos todas igual de sensuales. No te equivoques más mujer. No juzgues más mujer. Que la que hace tres décadas tuvo veinte años sigue siendo sensual y tiene mucha más experiencia de vida que vos, si, vos que quizá lloraste por los rincones por que querías celebrar tus quince años con una rinoplastia. No te equivoques más, pará, detente, límpiate el maquillaje y sácate la máscara. Apaga la cámara, desnúdate y conócete, descubre y reencuéntrate con la milenaria sabiduría que te acompaña, la que se llama sensualidad y que también habita en vos.



martes, 29 de mayo de 2012

otoño y sol


Hoy en Buenos Aires por fin salió el sol. Y por más mínimo o cotidiano que parezca en otras latitudes, yo celebro que hoy, en Buenos Aires, al fin ése preciado rayo de luz calentó los cuerpos, secó las ropas de los tendederos, abrigó algunas almas, le sonrió a las plantas y se enfrentó con el asfalto.


Corrientes y el diminuto Obelisco. El imponente astro
en todo su esplendor. Muy temprano en la mañana.
Irrumpiendo desde el Rio de La Plata.


Diez días estuvimos los y las habitantes bajo un pesado manto gris. La verdad es que yo mucho, pero mucho lo sentí. Últimamente y con el acelere de la vida hay pequeños estragos corpóreos por subsanar, pero otra cosa es vivir sin sol, comprendí por primera vez qué es, una pequeña forma de muerte lenta y colectiva. En estos diez días se han venido a mi cabeza las lejanas clases de biología en el colegio, en las que a una le contaban los estragos que podría ocasionar la falta de contacto con el astro en cuestión. Estragos que una solamente relacionaba con la estrambótica extinción de la gran familia de los dinosaurios, esos bichos que se han convertido en placebo social y a los que suelen asociar con un mundo muy lejano sin siquiera comprender que así como ahora acá estamos nosotros, de la misma forma estuvieron ellos y un día, simplemente, dejaron de estar.


En estos días extrañé tanto las mañanas con ése leve frío de montaña de mi ciudad, el sol que asoma y se cuela por el verde y ése olor tan único y característico de Medellín. Añoré profundamente caminar bajo un atardecer anaranjado e imponente de Bogotá. Quise con todas las fuerzas de mi alma volver a mi lugar. Ése en el que no hay estaciones y en el que a lo largo de toda su historia sale y se pone el sol siempre y a la misma hora.

‘Necesito hacer fotosíntesis’ es lo que me vengo repitiendo desde hace algunos días, todo el tiempo. Ayer me dijo una mujer médica que su ciencia considera que efectivamente al ser yo una habitante que no consume carne, la falta de contacto con el astro se siente distinta, que se ‘sufre’ de otra forma. Me miro en el espejo y me encuentro con la palidez ajena a mi cuerpo moreno, ésa que llega y se posa en mi humanidad descaradamente disque por que a las personas que nacimos en la Zona Tórrida (entiéndase dentro de la jerga del cliché latino: zona tropical) con la llegada del otoño y el invierno se nos disminuye circunstancialmente la vitamina B, que dicen por ahí, que es la que se encarga de tener muchas cosas regulares y reguladas en cuanto a las personas que no viven en zonas estacionarias. La verdad, es que cada año desde hace varios que estoy tan cerca de uno de los dos polos veo cómo la falta de la tal vitamina se me posa en la piel, pero al mismo tiempo, entiendo que lo que faltan son muchas otras cosas…

Y es que no podría ser de otra manera, señoras y señores, llegó el otoño. Empezó el mundo otra vuelta y un año que comienza. Por que sigo firme en mi conclusión de que en los países con estaciones el año empieza verdaderamente en otoño. Antes de su aparición es todo tan ambiguo, denso, tan extraño y parece que la normalidad llega justo cuando se respira ése aire frío, bajo el rayo de sol, con las primeras bufandas y gorritos que no son de invierno, ojo, tan sólo son de otoño. Hoy subí a la terraza de la nueva casa en la que me encuentra éste nuevo año y efectivamente comprobé, que en el bus en el que venía el sol se subió también el otoño.

Ya casi –por calendario- llega el invierno, pero solamente hoy llegó el otoño y empieza ése análisis introspectivo del último año. Y la verdad es que una no puede creer todos los acontecimientos que caben y entran en un año, es una locura por donde y de qué manera las ondulaciones de la vida la llevan a una de aquí para allá y de allá para más allá. Han pasado varias cosas, he conocido mucha gente y desconocido a mucha también. Me he sentido muy sola y he estado muy sola. Me he sentido acompañada y he estado rodeada de muchas personas. Me está pesando mucho no en la espalda sino en el corazón, tantos años lejos de la raíz y de la misma forma entiendo, que entre más distancia en tiempo, más libertad he tenido para descubrirme y conocerme. En éste último año definí mis vocaciones y después de muchas lágrimas y preguntas a mi misma, comprendí y acepté cual es ése oficio al que me quiero dedicar por el resto de mi existencia. Nada ha cambiado en cuanto extrañar a mi madre y mis amigas, todas y cada una en una latitud distinta. Dejé de ver la vida por la pequeña ventana de mi departamento en el que vivía sola y pasé a vivirla a techo abierto en la terraza compartida y en medio de los vericuetos que tiene la vida en pareja. Hice uno de los mejores viajes de mi vida, del cual, todavía no regreso por que una parte de mi alma y mi linaje se quedaron allá esperando por esta otra parte de mi y así, los días vividos en África han sido de las experiencias más nutricias, mágicas y exorbitantes que he recibido, y desde que volví, no pasa una semana en la que no haya pensado cómo le hago para volver a ir, y no volver más… el arte volvió a tocar la puerta, siempre esperó ahí nomás en el umbral, bienvenido sea, le abrí otra vez mi portal. En éste ultimo año la superficie ha tenido mayoritariamente momentos de calma, pero las mareas han sido demasiado fuertes y turbulentas y bien al fondo, bien adentro de mi, han pasado muchas cosas, han cambiado muchas lunas y las he celebrado; ellas a mi, me han confrontado.

He danzado y navegado. Este año he reído y he llorado. Y está vez a diferencia de otras y mientras caminaba bajo el sol del centro porteño celebre sola y en silencio los 2582 días que hace que me fui de una dimensión para entrar en otra viviendo la misma vida.

¡Acá estoy! celebrando que después de más de una semana salió el sol y que ésta es la primera tarde de otoño verdadera. Otoño que sigo pensando e imaginando como cuando era niña. Celebrando el onomástico de mi compañero de ruta y celebrando, también, que después del techo gris y el halo de oscuridad y de tristeza en ésta ciudad porteña, empezó a dar vuelta la ruleta...

Y es la que vida es circular, el universo no nos repite una tarea que ya hayamos aprendido… 

lunes, 21 de mayo de 2012

del mundo de mentira y las ovejas tigre de verdad



…tomó una bocanada de aire, casi como si supiera que podría ser la última que iba a tomar en su vida. Hasta el último capilar recibió oxigeno y sintió que se podía desvanecer del mareo…


Eso es lo que se siente cuando se aprende a respirar, cuando una entiende que lleva décadas respirando mal, haciendo algo mal. Ahora, el hecho es arreglarlo ¿se entendió que se vive mejor cuando se respira bien? pues entonces hágalo. ¿Se entendió que es una persona más feliz si se pasa la vida bailando? pues tenga la amabilidad de quitarse los zapatos y empezar a intentarlo. Cuando se aprende a respirar una se puede marear, cuando se da muchas vueltas en la pista, una también se puede marear; es justamente eso lo que pasa cuando los aspectos estáticos de la vida empiezan a ser elásticos. Mareo, el terrible verdugo de la quietud; mareo, ése síntoma de vida que avisa por cualquier recoveco que alguna base y estructura se está moviendo.

Cada vez y con más frecuencia me pregunto qué es lo que pasa con la gente en éste mundo. Por momentos, por donde sea que mire a mi rededor las máscaras y caretas empiezan a caer, los colores y pinturas empiezan a desvanecerse bajo la tormenta de la honestidad brutal y todo se destiñe. Y precisamente cuando todo se destiñe, es cuando todo empieza a tener sentido. ¿Ha vivido el mundo en una parcimonia de hipocresía durante toda su historia? O es producto solamente de los últimos milenios cuando por algún motivo se le ocurrió a la gente que era mejor empezar a creer en lo que se piensa, en vez de cuestionarlo y confrontarlo. Situación traducida puntualmente en: miedo.

Miedo, es la más profunda y enraizada base de la hipocresía. La gente tiene mucho miedo de ser honesta, pero ¿por qué? ¿Acaso el ya gastado concepto cliché no es ése que reza que hay que ser siempre honesto? La gente vive sumida en un mundo de mentira, la incapacidad para decir las cosas como se sienten, la falta de gallardía para darle la cara a las situaciones que no nos gustan. La perdida voluntaria de la libertad cuando se sonríe para los demás, cuando se llorar para los demás, cuando se para frente al espejo viendo miles de ojos ajenos y no, la maravillosa autopista a la honestidad que es la desnudez propia. La gente tiene miedo de ser honesta por que le tiene miedo al rechazo. Eso no es otra cosa que buscar aceptación.

‘A vos te aman o te odian’ me ha dicho siempre mi mamá. Tiene razón. No sé por qué exactamente pero nunca entré en ninguno de los cánones ‘del momento’ en las distintas etapas de mi vida. Si bien la personalidad y los aspectos que hacen a esta son una construcción tan subjetiva como la forma de amar, siempre tienen un sinfín de ingredientes ajenos que la hacen a ella misma. La vida entonces en un gran caldero, al que le adicionamos un montón de ingredientes provenientes de muchas almas, personas, lugares y construcciones de realidad que nos hacemos, finalmente, el resultado es uno solo, y no es la forma de ser, es el contenido: la autenticidad.

Se gastan esta vida perdiéndose la dicha de ser feliz y andan saboreando platos ajenos, temiendo todo el tiempo probar los gustos nuevos y los propios. Tratando de descubrir ésa sazón en cocinas de otras casas, sin entrar nunca en los recovecos de la propia. Copiando modelos que después rechazan, tratando de vaciar cuanto elemento ajeno puedan succionar de ése espejo en que se ven y del que ahora se quieren proyectar, vampiros y vampiresas de la magia ajena. Personas dispuestas a obedecer y asentar con la cabeza cuanto mandato se impone, creerse diferente e irreverente sin entender que están absolutamente uniformados. ‘Y es que en éste mundo es muy difícil ser distinto’, me dijo una vez y hace muchos años una amiga muy querida. Esa frase siempre me quedó en la cabeza dando vueltas, ahora entiendo que no es difícil serlo, es difícil aceptar que se es, debe ser por eso que la hipocresía es el canon reinante de las sociedades. Sonreír cuando no se quiere, callar cuando quiero expresar, llorar cuando quiero reír, decir un no y hacer un si. Gente muda por conveniencia, enjaulada por elección. Decir gracias cuando no es lo que se siente, contener la rabia y la furia y andar disfrazando la bronca con abrazos y palmaditas de espalda, vivir como ovejas que juegan a ser tigres, pero, ¿eso es vivir?

La gente no está acostumbrada a la soledad, debe ser por que se vive en un mundo en el que cada vez se vende más la idea ruidosa de estar etiquetado y sentirse acompañado. No está acostumbrada a la oscuridad, precisamente por que la oscuridad es silenciosa. Tampoco está acostumbrada a escuchar por viven con-sumidos en el discurso que menos miedo les produzca. La gente no está acostumbrada a leer y tampoco a ver, por que sólo leen lo que les conviene y se han dedicado exclusivamente a mirar. La gente no está acostumbrada a la honestidad, y es que si no se ha apelado a ella por lo menos una vez con uno o una misma, es absolutamente imposible tener un instante de vida en el que se sea honesta u honesto con los demás.

La gente anda plantada en selvas de cemento, con cerebros de cemento y almas encementadas. Llenando su cuerpo de fármacos mágicos y justificándose en un diván, inventando fobias donde no las hay, guardando todo para adentro hasta que en algún lado estalla el cuerpo; sumidos en relaciones y vínculos de infelicidad. Revoloteando en mundos ajenos a través de sus ojos y creyendo ésos mundos como propios. Todas rutas de escape al miedo. Todas, sensaciones de calma y estabilidad. El consumo es su placebo. Pero pasa que cuando la más minima parte de tanta mentira trastabilla, la gente se marea, parece que se le da todo vuelta y si bien, vuelve a agarrar el paso, ya nada será igual.


…y a pesar del mareo se lo dijo, y algo que nunca existió se rompió: ‘hablemos de otra cosa, es que vos y yo no tenemos nada en común ¡qué le vamos a hacer!. Yo estoy en una, vos estás en otra. Somos dos mujeres absolutamente diferentes, todo el mundo es diferente, nunca nadie es igual a nadie, yo estoy en un momento de mi vida muy distinto al tuyo. Háblame de otra cosa, que seguro que en algún punto quizá y nos podemos encontrar…

miércoles, 25 de abril de 2012

mujer lienzo


















Nada más hermoso que una mujer espejada en otra. 


Nada tan sublime como una mujer disponiendo de sus saberes mágicos para adornar a otra. 


Los rituales de embellecimiento entre las mujeres son tan milenarios como nuestra misma existencia. Nos permiten el contacto, estar cerca, olernos, sentirnos y respirarnos. 


Ella, artista con pincel y manos de magia. Ella –la otra- entregada como hermana, como lienzo puro que se entrega al óleo. Las dos: mujeres espejo. 

La belleza es una maravillosa posibilidad que nada de correspondencia tiene con lo estético. 


Buenos Aires. Capital Federal. República Argentina.





fotografía y texto expuestos en:
http://www.mujeresvistaspormujeres.com/Fotos/displayimage.php?album=17&pid=681#top_display_media

sábado, 10 de marzo de 2012

Francisca




Francisca me recordó lo sublime de sonreírle todos los días a la vida. 

Me enseñó la maravilla de la compartida desnudez femenina todas las tardes a las cinco, cuando las precarias duchas se convertían en el lugar de magia y encuentro de las mujeres. 

Me enseñó a usar la caplana (hermosa prenda típica y habitual de las mujeres mozambiqueñas). 

Y como bendición sublime de La Diosa me volvió al origen, poniéndome a comer frutos benditos de la tierra al alcance de la mano y para el disfrute del alma.


Tofo. Inhambane. Mozambique.





miércoles, 9 de noviembre de 2011

telas y tristezas

Ayer murió la madre de un amigo. Por alguna extraña razón ella se había convertido en una mujer muy especial para mí, incluso, sin conocerla. Personalmente digo, por que igual la he ido conociendo a través de sus telas. Si, ella cosía, como mi abuela. Un día mi amigo se encontró con telas y retazos que llevaban décadas guardados, y en un hermoso acto de desprendimiento y confianza, me las regaló. ¡Qué telas más hermosas! tanto, que al sol de hoy todavía no me atreví a zurcirlas ni a cortarlas de ninguna forma, eso si, me he dedicado horas a contemplarlas e imaginarlas hechas bolsos, talegos, cuadros y carteras. Ayer murió ella. Y algo en el pecho me hizo presión. Ayer murió y algo en el alma me alivió. Debe ser por que la ‘enfermedad’ que la acompañó los últimos días de su vida y yo nos conocemos bien de cerca. Nos miramos de reojo, con rabia y con respeto. Nunca escondimos lo que sentimos mutuamente y fue precisamente eso, lo que hizo que siempre entendiera a mi amigo y la entendiera a ella en estos últimos tiempos. A ella le diagnosticaron alzheimer, como a mi abuela. Y a mí, de sólo recordarlo, se me arruga el corazón.

En su caprichoso afán positivista por darle forma y contenido a todo, dice la ciencia médica que no hay cura, también dicen que no hay causa. Y me gusta que así sea por que yo sigo pensando que aquella experiencia (que llaman alzheimer) tiene mucha más profundidad que la del lente de un frío microscopio. Y me gusta imaginar cómo habrá sido para la gente vieja que no tuvo que pasar por las penurias de visitar neurólogos, simplemente, por que no existían. ¿Cómo se habrán tomado esas personas y quienes les rodeaban, la experiencia de vivir en varias dimensiones al mismo tiempo? ¿Qué habrá significado para ellas y ellos olvidar recuerdos a cambio de redescubrir otros? ¿Qué será eso en lo que piensan todo el tiempo? Por que hay algo que es bien cierto y es que las miradas de las personas diagnosticadas con esto siempre están en otro lado, y no por que estén perdidas –como dicen los de bata blanca-, yo estoy convencida de que algo están encontrando, porque esas miradas no son en algo perdido, son, sin duda, en algo hallado. ¿Cómo les duele la tristeza? Para mí que la ven de frente y hasta le dan forma, precisamente la rabia que le tengo radica en la mezquina tristeza que hace efervescencia en el alma. Yo no conocí tristeza más honda y más melancólica que la que produce este trance. Y nunca escuché a alguien que también la haya visto de frente y que no saboree el mismo amargor. Debe ser –vuelvo a pensar lo que quiero imaginar- que hoy por hoy entre tantos medicamentos y rayos súper poderosos y cirugías salvavidas express, nos hemos dejado enredar en los hilos lúgubres y grises del trastorno, tal y como nos la venden. Mi abuela no tuvo demencia, mi bisabuela mucho menos y la madre de mi amigo tampoco. Yo pienso que quienes pasan por este trance tienen la capacidad -al mismo tiempo- de saber cómo es allá y como es acá, debe ser por eso tanta quietud y tanto silencio. Yo pienso que quienes atraviesan ése sendero partieron hace mucho tiempo, pero siguen merodeando por aquí sin siquiera darse cuenta. Yo siento que la honda tristeza se debe, a saber la espera de la despedida, acaso ¿qué despedida es feliz? Yo pienso que es el alma la que habla, por eso ya ni siquiera se siente el cuerpo. Algo difícil de entender en estos tiempos, en los que el cuerpo cada vez pierde más valor moral e incrementa su valor técnico. Convertidos todas y todos en tan solo una materia prima compuesta por partes, órganos y aparatos que hacen la vez de bienes patrimoniales del individuo. Lo real y la razón reemplazando con todo su ímpetu a lo sensorial y lo simbólico.

Y ayer murió la madre de mi amigo, me mandó saludos hace un par de semanas. Saludos que atesoro en el recuerdo y en el alma. Sin habernos visto las caras nos abrazamos las almas. Y me duele y reconforta. No es fácil terminar la vida viviendo en otra dimensión, no es fácil saber a las personas que amas aquí y allá. Por que cuando la muerte merodea, nunca se puede atenuar a la impotencia. Me alegra tener sus telas, me alegra que lo haya sabido. Ella, gran modista y costurera como lo era mi abuela. Y yo, puntada tras puntada las despido una vez más, a las dos. Dos mujeres que no pisaron esta tierra en vano, a quienes creyeron enfermas cuando lo que estaban era mutando. Han dejado su legado. Ella, me dejó sus telas y mi abuela, me dejó el amor por ellas. 

martes, 4 de octubre de 2011

finales


Despertó una mañana con el rostro de su amante en las pupilas y con la lengua antojada de sus besos. Se despertó convencida de que no fue durante toda la noche que soñó con él, sin embargo, nada más contundente que haber soñado con él toda, pero toda la mañana.

Y aunque no pasa muchas veces, esa mañana entendió algo nuevo y es que ya no había nada más dentro de todo lo distinto. Pudo ver en su sueño lo que en la turbulenta relación cómplice no se desvelaría, el fin. Y es que de esa maravillosa naturaleza instintiva están hechas las relaciones de quienes son amantes, no se sabe nunca cuando empiezan, no tiene reglas, salvo el hecho no tenerlas, la cronología es exigua y nunca se sabe cuando es que en verdad terminan. Y es eso lo que las hace memorables, no hay punto de partida y tampoco de llegada, tan sólo son senderos y vaya una a saber dónde querrá el caprichoso destino hacer desembocar tantas rutas y caminos.

Le dolió, y de pronto se preguntó si era normal aquella sensación socialmente prohibida para los vínculos socialmente prohibidos ¡y se sintió más viva que nunca! como cuando su cuerpo danzaba arriba y al compás de aquél hombre al que en silencio despedía. Se preguntó ¿Por qué toda la magia siempre ha tenido que ser vivida a escondidas? Y disfrutó su dolor, bailó, brindó y se rió, al fin y al cabo, la supremacía y permanencia de nuestra especie en éste mundo se la debemos nada más y nada menos que a la seducción…

jueves, 8 de septiembre de 2011

del tintico










Cada mañana el primer acto del día es prender el fogón de la estufa. Casi sin entrar todavía en sí, yo ya se lo que quiero: un tintico.

Mañana tras mañana mi vida empieza una vez más  de la mano de un café. Amo oler ése olor y saborear ése sabor todos los días. Me siento en la sala o me quedo de pié en la cocina. Respiro profundo y soy consiente de que mi mirada por ahí, en algún recóndito lugar del recuerdo milenario se pierde. En la palma de mi mano izquierda reposa el plato, el dedo índice de mi mano derecha abraza la oreja del pocillo; siento su calor a través de la porcelana y de pronto su olor impregna mi nariz, haciendo por ahí su primera inserción física en mi cuerpo.

En calma y como en un ritual yo me lo tomo a él y él, me toma de la misma forma contundente a mí.

Es un hilo intangible e invisible que termina convertido en un fuerte lazo conector entre mi historia y lo que soy. Mi tinto todas las mañanas en su plato y su pocillo. Utensilios creados para darle forma, figura y contención al preciado líquido. Trastos gloriosamente marcados como lo estamos todos quienes nacimos en la mejor tierra del mundo para cultivar café. Ese pocillo es la medida perfecta para un tinto y el plato abarca el diámetro indicado para las dimensiones del pocillo, permite el espacio perfecto para la cucharita y en el mejor de los casos de una cafeteria bogotana, la medida exacta para los tres cubitos de azúcar que endulzan la vida y la historia de una tierra. Por que un buen tinto se sirve, en su plato y en su pocillo.

Con cada sorbo se vienen a mi mente momentos que descubro atesorados en mi recuerdo. La presencia omnipresente del café en mis dos familias. Mis dos pares de abuelas y abuelos y la olleta llena. Bien temprano, comenzando a transitar el día cuando todavía no amanecía se despertaba una con el frescor de la mañana y el halo de café en el olfato y la voluntad. Sin necesidad de preguntar ni de ofrecer. Lo primero que recibe el gusto, el alma, el cuerpo y el espíritu, siempre un sorbo de café.

Sin darnos cuenta todas las mañanas millones de personas durante siglos hemos bebido ése sacro sabor a nosotros mismos y es que Colombia y Café se escriben con C, de casa y corazón. Cada mañana tomando un sorbo de nuestra propia historia y raza, todas y todos, silenciosamente, en comunión.

Una de mis abuelas todas las tardes tenía el calculo perfecto del momento en que se debía prender el fogón de la estufa, para que justo cuando sonara el himno nacional* todos tuviéramos el pocillo caliente en la mano. La multitud con el pocillo y ella con la camándula. Misterios iban y venían, todos los días a la misma hora rezando el rosario, letanías tras letanías se hacían más leves –sin duda- con el olor del tintico en el corazón.

Uno de mis abuelos a quien siempre recuerdo en el esplendor de su maravilloso oficio, el de agricultor. En las verdes y hermosas montañas de Antioquia con su poncho, peto, machete y carriel. Metido entre sus plantaciones de café. No puedo no sentir inundada mi garganta y un nudo en los ojos cuando lo extraño y lo recuerdo. Todas las mañanas embriagadas de olor a monte y campo, con el carriel cruzado y el pocillo en la mano. Veo como espejismo los granos de café tirados sobre costales extendidos en el suelo, secando al sol. Esos granos de café eran los que hacían las veces de “comidita de mentiras” para mis muñecas, mi abuelo los lavaba, los tostaba y los molía. Y como siempre él, que supo hacer tanta magia con amor, convertía ése café en el tinto más rico del mundo, nacido de la tierra y esculpido con sus manos.

Todas las mañanas yo era la segunda en levantarme en mi casa. Mucho antes de la hora de arreglarme para ir al colegio. Cuando todavía era de noche en una Medellín que amanecía. Abría los ojos y casi como  fantasma le seguía los pasos a mi abuela hasta la cocina. Me saludaba siempre con su sonrisa hermosa y una taza de café hecho en aguapanela (el mejor sabor que pueda tener cualquier café ¡lejos!). Ella no se comía el cuento de que los niños y niñas no podían tomar café. Finalmente con café, maíz y panela fueron levantados generaciones y generaciones de colombianas y colombianos recibidos por parteras, entre esas, ella. Mientras molía el maíz para las arepas hablábamos y nos reíamos, nos contábamos historias entre desayunos, tintos y arepas con mantequilla. Esas fueron las más hermosas mañanas de mi vida.

Estar en mí casa y ése sabor avasallante de los frijoles de domingo que conjura mi mamá, el almuerzo no termina hasta que ella como paliativo a la llenura aparece con ése delicioso, perfecto y ajustado tinto. Arrullarme como en el vientre en las sillas mecedoras de la casa, acompañando el sueño de los pájaros y a la noche hasta que se vuelve día a punta de tintos, carcajadas e historias cómplices con mi prima. Hacer y recibir vistitas, siempre sorbiendo un delicioso tinto. En mi adolescencia, en las escaleras de mi casa una estampida de adolescentes apurados por crecer, hablando, fumando y tomando tinto. Entrar en la casa de cualquier amiga o amigo no será nunca una entrada completa si no se pone en el fogón el agua para el tinto. El paso por la universidad, uno de los momentos de la vida en los que más se consume aguardiente, cerveza y tinto. Tantas charlas, trasnochadas, la tesis, los novios. Mis amigas, siempre un tinto.

Ahora, lejos y a la distancia lo tomo, lo celebro y lo disfruto. Lo agradezco con nostalgia y en silencio, como un regalo divino. Por que con cada sorbo me reencuentro con lo que siempre ha sido mío. Sentada en la cocina de éste departamento, viviendo en un lugar tan absolutamente distinto, donde le dicen tinto al vino. Yo igual, siempre a pesar de los años logré tener mi cafecito colombiano conmigo. No tengo idea de qué es lo que ofrecen en los supermercados. Tenerlo siempre es tener todos los días un sorbo de matria, tierra, de mi historia, de mi gente, y de mi vida. De mi misma.

Nada más precioso y más preciado que levantarse todos los días oliendo la propia historia. A pesar de los años y las distancias, tener un momento todas las mañanas para evocar instantes gloriosos que he vivido y palpitado con el olor y el sabor del tinto incrustado en el alma y en los sentidos…

Desde mi cocina, a todas las colombianas y los colombianos dispersos por el globo: ¡que nunca nos falte un tintico!

*En Colombia desde hace un montón de tiempo todos los días a las 6 am, a las 6 pm y a la media noche se escucha el himno nacional en la radio y la televisión. Siendo las seis de la tarde –justo la hora en que todo el mundo está despierto- la hora predilecta de mi abuela para ponerse a rezar…